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Soy profesor universitario. Trabajo por el desarrollo de Cabañas, un departamento de El Salvador, muy bello, pero también donde hay mucha pobreza, especialmente en lo educativo y cultural. Soy planificador educativo y trabajé por muchos años como director y coordinador de proyectos sociales. Me considero una persona con una visión amplia que trata de valorar lo positivo de cada quien.

martes, 29 de abril de 2014

DESPIDIENDO AL MES DE ABRIL 2014


MIS CUADROS REALES











 













SE VALORA A LOS DEPORTISTAS, A LOS ARTISTAS, A LOS POLÍTICOS … ¿Y POR QUÉ NO A LOS JORNALEROS CAMPESINOS?

En mi experiencia personal aunque he estado más vinculado a la ciudad por los estudios y el trabajo profesional, no he descuidado el contacto con el campo; primero porque soy de ascendencia campesina y después porque para mí entrar en contacto con la naturaleza  es vivir de verdad.
Mientras muchos consideran casi un castigo haber vivido su infancia o buena parte de su vida en el campo, para mí fue un privilegio o como dicen los cristianos, una bendición.
En muchos de mis escritos de este blog, he relatado algunas de las experiencias que tuve de niño y después de alcanzar el uso de razón, cuando en los períodos de vacaciones llegábamos con mi hermano al cantón y disfrutábamos a plenitud como para compensar el  tiempo que habíamos pasado en el pueblo y después en la ciudad para atender los estudios.
Debo decir que nuestra estancia campirana no hubiera sido tan agradable, si nuestros padres y hermanos mayores no nos hubiesen brindado su esmerada atención en diversos aspectos. Así nuestra madre y nuestras hermanas mayores cocinaban cada día un platillo típico diferente como: pupusas glorias (es decir de frijoles) o de queso, chilate con los deliciosos nuégados de queso, atol shuco, atol de piña, potocas (hechas de masa y queso), atol de elote, riguas, tamales de gallina o de elote, marquesotes, quesadillas, semitas, arroz en leche, tortillas con leche, majoncho asado con leche, fresco de morro, etc.
Y por parte de nuestro padre y de nuestros hermanos mayores, ellos nos dejaban participar y a veces hasta nos obligaban a realizar actividades como: llevar sal a la vacas y colocarla en piedras planas; apartar los terneros;  tener los terneros durante el ordeño;  lazar caballos; aguar los caballos montados a puro pelo;  llevar la comida a los trabajadores;  arriar los bueyes en la molienda;  bañar y pescar en el Río Lempa o en el Río Gualquiquira;  recolectar los frijoles monos (de castilla) en sus vainas; cortar elotes; acarrear agua en cántaros; acarrear leña; cortar frutas como: guineos, sandías, papayas, naranjas limas, etc.; ayudar en el arreglo del tosco nacimiento; etc., etc.
Aquel contacto tan intenso con lo rural hizo que para mí, el campo fuese algo maravilloso.
De ahí que ya siendo profesional y con alguna solvencia, salíamos con mi familia al campo, al lago, al mar, a la montaña… Y ahora con tantos años encima, no pasan ocho o quince días en que no estemos en largo contacto con la naturaleza…
Soy de los que disfruto la música ranchera y me encanta oir “las pulún, pulún”, pues entiendo plenamente ese tipo de música con que se identifican los campesinos y su mensaje, a veces de amor, a veces de despecho, a veces de envalentonamiento, de machismo y a hasta de borrachera como único escape, etc.
Acercarme a la naturaleza, ha sido mi principal conexión en los últimos años con los campesinos. Y desde allí he podido conocer más a fondo su trabajo como jornaleros o como amas de casa. De ellos puedo dar fe de su honradez, de su lealtad, de su innata inteligencia, de su valentía frente a las adversidades…
Para muchos campesinos, mientras son jóvenes, es normal encaramarse rápidamente y podar un árbol de quince o más metros de altura; cortar sus frutos; subir a los techos más altos de una casa;  echarse al hombro y cargar un costal de ciento y más libras; labrar un palo y convertirlo rápidamente en mango de una herramienta;  subirse a un vehículo en movimiento, etc.
Ellos son verdaderos artesanos de las plantaciones del maíz, del arroz, del maicillo, de las sandías, de la caña de azúcar, etc. Si no veamos el trazo de los surcos sembrados que parecen una obra de arquitectura, tanto en los valles como en los cerros.
Lastimosamente la mayoría de campesinos que son gente de bien, mueren  y no pasa nada. Ellos nunca reciben un premio por su labor destacada con la tierra y con sus frutos; ellos no tienen un reconocimiento por sus méritos en vida; no existe ni el día del campesino; y al morir, ninguna calle o una fuente lleva su nombre; ni aparece una esquela con su nombre en un periódico. Ellos no son enterrados con honores como los escritores, los poetas, los pastores, los deportistas, los políticos, etc.
¿Han oído Uds. alguna vez que los excelsos “padres de la patria” nombren a un campesino, “hijo meritísimo” o algo similar?. Cómo sigue vigente la osadía del Indio Aquino, de reivindicar los derechos de los campesinos salvadoreños…
¿Hemos pensado qué pasaría si no llegaran del campo al mercado, los granos básicos, las hortalizas, las frutas, los lácteos, el pescado, etc.?  Quizá si un día no llegaran, valoraríamos lo que en verdad significa la gente del campo.
Para mí, ellos, los campesinos, son nuestros héroes anónimos, los peor pagados, los más sacrificados, los menos letrados, los peor alimentados, los desatendidos de siempre, pues para ellos no ha habido tradicionalmente servicios básicos, y si los hay, están en condiciones lamentables.
Pero algún día llegará en que no habrá tanta inequidad entre la gente del campo y la dichosa gente de la ciudad… y que ser agricultor y jornalero será tan noble como ostentar cualquier título o ser un gran letrado.








CABALLERO

Cuántas veces me encontré
siendo un niño campesino,
ya casi entrada la noche
y después de hacer un mandado,
muy cerca de las quebradas
y en medio de los guatales.

Es que la noche en los campos
tenía tantos misterios,
como pájaros extraños
que ocultos entre las sombras,
se agarraban de las ramas 
para cantar sus tonadas.

Entre ellos: los tecolotes
y las  barbudas lechuzas,
la aurora y el mistericuco.
Pero el que más me impactaba
por su canto redoblado
era el llamado “caballero”.

En los días de abril y mayo
y ya casi entrada la noche,
mientras caminaba a casa,
siempre lo oía a lo lejos,
mientras sonaba muy cerca
el aleteo de los pucuyos.

Entonces, ya reseca mi garganta
y casi temblando de miedo
apresuraba los pasos
por los estrechos senderos;
mientras él repetía incesante:
“caballero, caballero”.

Su cantar no era un secreto;
lo decían los mayores
cuando contaban historias:
que él rondaba por los campos
llamando al propio caballero,
es decir, al mismísimo demonio.

Por fin terminado el camino
y ya de regreso en casa,
me guardaba lo vivido
muy dentro de mis recuerdos;
no fuera que me dijeran
que era poco hombrecito.

Así pasaron los años
Y me alejé de los pájaros
y de los malos recuerdos…
hasta encontrarle hoy de nuevo
y escuchar su mensaje:
 “caballero, caballero”.

Ha pasado tanto tiempo
de cuando lo odié de pequeño…
Ahora escucho tranquilo
su canto desesperado,
pues sé que no llama al demonio,
sino que clama el invierno.

José Ramiro Velasco
Abril de 2014

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