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Soy profesor universitario. Trabajo por el desarrollo de Cabañas, un departamento de El Salvador, muy bello, pero también donde hay mucha pobreza, especialmente en lo educativo y cultural. Soy planificador educativo y trabajé por muchos años como director y coordinador de proyectos sociales. Me considero una persona con una visión amplia que trata de valorar lo positivo de cada quien.

viernes, 2 de octubre de 2026

HABLEMOS DE SOLFEO Y DE CANTO

 

HABLEMOS DE SOLFEO Y DE CANTO

PRIMERA PARTE

Introducción

A los que hablamos y escribimos de varios temas nos llaman despectivamente todólogos u opinólogos. Pues diré que el mérito de los todólogos es que comparten con los demás lo que medio saben, mientras que la mayor parte de los especialistas se guardan para sí sus conocimientos y experiencias.

 Ante la duda, si tenemos alguna solvencia para escribir sobre el tema, tengo que confesar que desde que tenía 9 años, me tocó aprender un poco de solfeo con Monseñor Agapito Martínez. Eso sucedió en el seminario menor de Santa Ana allá por los años de mil novecientos cincuenta. (Ya estamos ancianos). Les dejo mi historia.

Monseñor Agapito, era el rector de aquel centro educativo. Era español de pura cepa, nacido en Castilla La Vieja. Tenía una formación completa e integral como sacerdote y además dominaba el solfeo; hablaba y escribía latín perfectamente y tenía una cultura general envidiable.

Con las revueltas políticas, Agapito Martínez llegó a México como presbítero, en la segunda década del siglo XX. Al poco tiempo fue expulsado de aquella República durante la Revolución Mexicana que atacó ferozmente a la Iglesia Católica. Posteriormente llegó a Santa Ana, El Salvador donde fue acogido por la Curia y comenzó a trabajar como sacerdote. Al conocer su vasta formación y carisma, fue nombrado Vicario General de la Diócesis, cargo que ostentó por muchos años. (Debo decir que en aquella época la correspondencia oficial entre el Vaticano y la Curia Diocesana de Santa Ana se hacía en latín y el principal sacerdote encargado de recibir y traducir los documentos era Agapito Martínez).

En 1954. Monseñor Agapito fue nombrado director del Pre seminario de Santa Ana. Con Monseñor Agapito, aprendimos algo de solfeo en aquel centro educativo, utilizando el método de Hilarión Eslava. La hora de solfeo era después de cena. Él nos enseñaba las lecciones de manera personalizada, pues el nivel de aprendizaje dependía de la capacidad de cada niño o jovencito. El Método Eslava sólo tenía 58 lecciones, pero las ultimas 10, tenían un nivel de dificultad muy elevado. Al terminar dicho método, un estudiante podía leer y cantar casi cualquier canto escrito en aquel idioma propio de los cantores pertenecientes a un buen coro o con una formación musical aceptable. Ya desde la lección 50, la cosa no era fácil, pues aparecían en las lecciones, cantidad de signos musicales, además del aire musical a seguir, tresillos, sostenidos, bemoles, síncopas, seisillos, etc. Y en las últimas lecciones, ya no aparecían las notas redondas o blancas, sino negras, corcheas y semicorcheas o doble corcheas.

El lector comprenderá que las notas fusas o semifusas por lo general no se cantan, pues deben ser ejecutadas con tanta rapidez que no son aplicables para la voz humana, por lo que se utilizan generalmente para ser ejecutadas en un instrumento musical.

Pues volviendo al Seminario, ¿se imaginan la bulla de unos veinte niños y jovencitos cantando las lecciones en los corredores de aquella casona? Por lo general, cada grupo estaba conformado por dos o tres alumnos para aprender y cantar cada lección; y en su momento, había que cantarla ante Monseñor que podía darla por aprendida y autorizaba a seguir con la siguiente.

Yo creo que los alumnos más avanzados del grupo llegamos interpretando hasta como la lección 40, lo que implicaba un elevado nivel de dificultad; pero eso ya nos autorizaba para leer o cantar casi cualquier partitura de canto.

Lamentablemente, pasados unos tres años, Monseñor Agapito dejó de ser el director de aquel centro y las clases de solfeo se terminaron…

Años más tarde, en el seminario menor de Santa Ana ubicado en la misma casa del Obispo Monseñor Benjamín Barrera y Reyes, aquellos frutos del solfeo contribuyeron a que un seminarista del nivel de bachillerato fuera el director del coro y los alumnos más antiguos leyéramos con alguna facilidad las partituras.  Y no sólo eso, al menos los miembros del grupo más avanzado, además de la notación musical moderna, aprendimos a cantar y leer las partituras de muchos cantos y misas clásicas como la de Perosi, Haller y otras; pero también a leer y cantar con facilidad el canto gregoriano que resonaba en la catedral de Santa Ana, en los días de fiesta religiosa.

En el seminario había dos pianos a la disposición de los alumnos, pero lamentablemente nunca tuvimos un profesor que nos enseñara a tocar aquel instrumento. Los alumnos más destacados como pianistas lo lograron casi como autodidactas, y algo aprendimos algunos, mirando y escuchando a los más avanzados.

Saber algo de solfeo nos permitió formar parte del coro en el Seminario Mayor San José de la Montaña donde Víctor Zelada mi compañero de internado en Santa Ana llegó a ser director del coro y en mi caso, me tocó algún tiempo enseñar al grupo de tenores segundos las piezas musicales, misas corales, etc.

Puedo decir, que aprendí a tocar algunos cantos muy sencillos en el piano y de valorudo hasta toqué muchas veces el armonio en la iglesia, siendo seminarista mayor.

Bueno, y a qué viene toda esa historia. La respuesta es que para escribir de la música se requiere de alguna formación básica y eso trataré de hacer en un próximo artículo que les compartiré muy pronto.

Ramiro Velasco, 29 de septiembre de 2026.   

 




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