HABLEMOS DE SOLFEO Y DE CANTO
PRIMERA PARTE
Introducción
A los que hablamos y
escribimos de varios temas nos llaman despectivamente todólogos u opinólogos.
Pues diré que el mérito de los todólogos es que comparten con los demás lo que
medio saben, mientras que la mayor parte de los especialistas se guardan para
sí sus conocimientos y experiencias.
Monseñor Agapito, era el rector
de aquel centro educativo. Era español de pura cepa, nacido en Castilla La
Vieja. Tenía una formación completa e integral como sacerdote y además dominaba
el solfeo; hablaba y escribía latín perfectamente y tenía una cultura general
envidiable.
Con las revueltas políticas,
Agapito Martínez llegó a México como presbítero, en la segunda década del siglo
XX. Al poco tiempo fue expulsado de aquella República durante la Revolución
Mexicana que atacó ferozmente a la Iglesia Católica. Posteriormente llegó a
Santa Ana, El Salvador donde fue acogido por la Curia y comenzó a trabajar como
sacerdote. Al conocer su vasta formación y carisma, fue nombrado Vicario
General de la Diócesis, cargo que ostentó por muchos años. (Debo decir que en
aquella época la correspondencia oficial entre el Vaticano y la Curia Diocesana
de Santa Ana se hacía en latín y el principal sacerdote encargado de recibir y
traducir los documentos era Agapito Martínez).
En 1954. Monseñor Agapito fue
nombrado director del Pre seminario de Santa Ana. Con Monseñor Agapito,
aprendimos algo de solfeo en aquel centro educativo, utilizando el método de
Hilarión Eslava. La hora de solfeo era después de cena. Él nos enseñaba las
lecciones de manera personalizada, pues el nivel de aprendizaje dependía de la
capacidad de cada niño o jovencito. El Método Eslava sólo tenía 58 lecciones, pero
las ultimas 10, tenían un nivel de dificultad muy elevado. Al terminar dicho
método, un estudiante podía leer y cantar casi cualquier canto escrito en aquel
idioma propio de los cantores pertenecientes a un buen coro o con una formación
musical aceptable. Ya desde la lección 50, la cosa no era fácil, pues aparecían
en las lecciones, cantidad de signos musicales, además del aire musical a
seguir, tresillos, sostenidos, bemoles, síncopas, seisillos, etc. Y en las
últimas lecciones, ya no aparecían las notas redondas o blancas, sino negras, corcheas
y semicorcheas o doble corcheas.
El lector comprenderá que las notas
fusas o semifusas por lo general no se cantan, pues deben ser ejecutadas con
tanta rapidez que no son aplicables para la voz humana, por lo que se utilizan
generalmente para ser ejecutadas en un instrumento musical.
Pues volviendo al Seminario, ¿se
imaginan la bulla de unos veinte niños y jovencitos cantando las lecciones en
los corredores de aquella casona? Por lo general, cada grupo estaba conformado
por dos o tres alumnos para aprender y cantar cada lección; y en su momento,
había que cantarla ante Monseñor que podía darla por aprendida y autorizaba a seguir
con la siguiente.
Yo creo que los alumnos más
avanzados del grupo llegamos interpretando hasta como la lección 40, lo que
implicaba un elevado nivel de dificultad; pero eso ya nos autorizaba para leer o
cantar casi cualquier partitura de canto.
Lamentablemente, pasados unos
tres años, Monseñor Agapito dejó de ser el director de aquel centro y las
clases de solfeo se terminaron…
Años más tarde, en el seminario
menor de Santa Ana ubicado en la misma casa del Obispo Monseñor Benjamín
Barrera y Reyes, aquellos frutos del solfeo contribuyeron a que un seminarista
del nivel de bachillerato fuera el director del coro y los alumnos más antiguos
leyéramos con alguna facilidad las partituras.
Y no sólo eso, al menos los miembros del grupo más avanzado, además de
la notación musical moderna, aprendimos a cantar y leer las partituras de
muchos cantos y misas clásicas como la de Perosi, Haller y otras; pero también a
leer y cantar con facilidad el canto gregoriano que resonaba en la catedral de
Santa Ana, en los días de fiesta religiosa.
En el seminario había dos pianos
a la disposición de los alumnos, pero lamentablemente nunca tuvimos un profesor
que nos enseñara a tocar aquel instrumento. Los alumnos más destacados como
pianistas lo lograron casi como autodidactas, y algo aprendimos algunos,
mirando y escuchando a los más avanzados.
Saber algo de solfeo nos permitió
formar parte del coro en el Seminario Mayor San José de la Montaña donde Víctor
Zelada mi compañero de internado en Santa Ana llegó a ser director del coro y
en mi caso, me tocó algún tiempo enseñar al grupo de tenores segundos las
piezas musicales, misas corales, etc.
Puedo decir, que aprendí a tocar
algunos cantos muy sencillos en el piano y de valorudo hasta toqué muchas veces
el armonio en la iglesia, siendo seminarista mayor.
Bueno, y a qué viene toda esa
historia. La respuesta es que para escribir de la música se requiere de alguna
formación básica y eso trataré de hacer en un próximo artículo que les
compartiré muy pronto.
Ramiro Velasco, 29 de septiembre
de 2026.

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