RUTIILIO GRANDE, EN EL MES DE SU
BEATIFICACIÓN (22 de enero de 2022).
Retrato de Rutilio
Lo que escribí en el año 2013. (Texto incompleto)
Me atrevo a describir al sacerdote que
conocí como Prefecto de Disciplina en el Seminario San José de la Montaña.
Era alto y con unas facciones achinadas
como muchos de sus hermanos salvadoreños.
Mantenía su figura esbelta que le iba muy
bien con su apellido “grande”. En los actos litúrgicos sobresalía por su estatura
de entre la media de sus hermanos sacerdotes.
Su estilo para hablar era reposado y
tranquilo, como cuidando que sus palabras no hiriesen a nadie.
Era un salvadoreño de verdad, nacido en uno
de esos pueblos en los que sonaba la cuma o la guarizama para realizar los
trabajos tan duros para nuestros campesinos.
Él utilizaba a menudo, las palabras del
pueblo en las que encontraba la filosofía del diario vivir de la gente a quien
amaba entrañablemente como el pastor ama a sus ovejas.
Era un hombre humilde y a pesar de su
manifiesta inteligencia, prefería pasar inadvertido como la violeta que esconde
sus flores más bellas.
Era de un pensamiento abierto, tal vez
fruto de sus estudios en Louvaina, tildada por muchos como una universidad
europea demasiado progresista.
Conmigo siempre fue muy amable en el trato
y a lo mejor esa era la impresión que teníamos todos o al menos la mayoría de
seminaristas, a mediados y finales de los años sesenta del siglo pasado.
y su alma parecía… (Hasta acá lo que
escribí aquel año 2013)
Ahora, en enero de 2026, trece años
después, continuo escribiendo:
Se intuía que el alma de aquel sacerdote
jesuita, era como la del más inocente de los niños; pues en él no había engaño
ni mentira.
Su espíritu sacerdotal era innovador,
cimentado en los lineamientos del Vaticano Segundo y contrastaba con la línea
tradicional de los obispos salvadoreños de la época, que en materia clerical
seguían la doctrina del Concilio de Trento. A pesar de ello, los obispos que lo
apreciaban sobremanera, vigilaban de cerca sus actuaciones al frente del
Seminario San José de la Montaña, pues seguramente consideraban que podía llegar
a convertirse en uno de ellos, ya que reunía tantas cualidades de sacerdote
ejemplar.
Yo lo sentía muy cercano, pues siempre me
trató con gran consideración, talvez por ser yo “sobrino del Tío” como él me
decía en broma; se refería a Monseñor Benjamín Barrera y Reyes, Obispo de Santa
Ana.
Por motivos especiales tuve que dejar el
Seminario en 1969 y perdí contacto con él…
Y así pasaron los años, hasta que un día
aciago de 1977, se consternó mi corazón cuando escuché la noticia de su
martirio, mientras él regresaba de cumplir sus deberes pastorales.
Aunque la Iglesia Católica Salvadoreña lo
venera como bienaventurado, para mí sigue siendo el amigo entrañable que conocí
tan de cerca durante 4 años y del que puedo dar testimonio que ya en vida era
un santo.
¡Padre Rutilio, amigo del alma, intercede
ante Dios por nosotros y por todo el pueblo salvadoreño!
