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Soy profesor universitario. Trabajo por el desarrollo de Cabañas, un departamento de El Salvador, muy bello, pero también donde hay mucha pobreza, especialmente en lo educativo y cultural. Soy planificador educativo y trabajé por muchos años como director y coordinador de proyectos sociales. Me considero una persona con una visión amplia que trata de valorar lo positivo de cada quien.

miércoles, 29 de octubre de 2014

DESPIDIENDO AL MES DE OCTUBRE 2014


 FLORES MEDIO SILVESTRES EN NUESTRO JARDÍN







 




















CINCUENTA AÑOS DE SER BACHILLERES



Antes de la Reforma Educativa de mil novecientos sesenta y ocho, después del sexto grado se estudiaban 3 años adicionales para terminar el Plan Básico y dos años más para concluir el Bachillerato.

Aunque tres compañeros y yo estábamos internos en el Seminario Juan XXIII de Santa Ana, recibíamos las clases como alumnos normales en el Colegio Salesiano San José.

Aquel experimento, idea del Obispo Benjamín Barrera y Reyes de que conviviéramos los internos con el mundo de estudiantes externos era muy interesante. De manera tal que aunque éramos seminaristas, pasábamos mañana y tarde durante las clases y recreos con los alumnos del Colegio Salesiano, lo que permitía una convivencia normal para nosotros con aquellos muchachos inquietos y fregones como es natural en esas edades.

Los seminaristas éramos muy bien aceptados en los diferentes grupos de clase y  ocupábamos casi siempre, el primer lugar en los diferentes cursos, lo que contribuyó a ganarnos el respeto y a lo mejor cierta valoración por parte de los estudiantes externos.

En nuestro caso, llegados al último año de bachillerato en mil novecientos sesenta y cuatro, habíamos logrado una plena identificación y confianza con los externos de tal forma, que a no ser por la vestimenta, no existía diferencia alguna entre unos y otros.

En aquel segundo año de bachillerato fuimos en total unos veinticinco estudiantes. Entre los nombres o apellidos que ahora recuerdo están: Carlos Sermeño, Guillermo Batres, Roberto Castro, Víctor Ramírez (El niño Dios), Hugo Quijano, Alejandro Villalta, Armando Avendaño, Manuel Rico, René Ortiz (El Huevo), Manuel Méndez (Camello), Víctor Lara, Mejía (Loco Many), Agreda, Sanabria, Martínez (El viejo), Roberto Álvarez, Ramiro Velasco y otros cuyos nombres no recuerdo ahora.

Fue en una tarde fresca a finales de octubre de mil novecientos sesenta y cuatro, cuando en el acto de nuestra despedida El Colegio nos entregaba el diploma de bachilleres, pues quedaban pendientes los exámenes privados que los realizaríamos en el mes de noviembre. Entre los puntos importantes de aquel acto, estuvo la actuación de la Estudiantina del Colegio, dirigida por el Maestro salesiano Oscar Rodríguez Maradiaga (Ahora Cardenal de Honduras) que al mismo tiempo que dirigía la orquesta tocaba el saxofón. Aún resuena en mis oídos, de entre las interpretaciones  de la orquesta, la melodía “Verano de amor” de Paul Mauriat.

A finales de noviembre de aquel año, gracias al Creador y a nuestro esfuerzo, logramos pasar con éxito los exámenes privados y obtener el título de Bachiller en Ciencias y Letras y algunos también en Matemáticas.

Varios de los compañeros egresados, son ahora profesionales exitosos en el mundo de la medicina, de la ingeniería, de la administración de empresas y de las ciencias sociales; algunos son pequeños empresarios o empleados responsables en empresas distinguidas, y otros, se nos adelantaron ya en el viaje sin retorno. Pero lo mejor es que todos hemos sido personas responsables y con muchos valores, características propias de los egresados de un colegio salesiano.

Cómo no recordar en aquel último año, las travesuras de los externos en algunas clases o en algunos momentitos de indisciplina cuando veían a las chicas del colegio vecino que marchaban en el mes cívico y que aparecían tan bonitas reflejadas en los vidrios de las ventanas sol-aire. O las bromas pesadas entre ellos, cuando aprovechando que el profesor escribía en el pizarrón colocaban alguna lagartija muerta a un compañero; o el día en que se les ocurrió quemar unos frijoles en clase causando un olor un tanto fétido.

En esta oportunidad les doy las gracias, a los maestros salesianos que nos enseñaron tanto, como Mons. Oscar Rodríguez (Profesor de Física)  y los Reverendos Padres: Luis R. Chinchilla (Profesor de Química y Matemáticas y Actual Director del Colegio Santa Cecilia), Laureano Ruíz (QDDG y que fuera Maestro de Lógica y Francés), Miguel Alvarado (QDDG, Maestro de Literatura y Ciencias Sociales), Mauricio Catedral (Director del Colegio) y tantos otros excelentes docentes y hombres de bien que pasaron por aquella aulas.

Lástima que el tiempo y la distancia no nos permitió celebrar con los compañeros nuestro cincuentenario, como hubiéramos deseado, pero ojalá que no falte alguna oportunidad para volvernos a encontrar y poder extrañarnos de ver cómo hemos cambiado físicamente, pero que seguimos siendo compañeros. ¡Felicidades en este Aniversario de oro, amigos y colegas y que la vida siga siendo pródiga con nosotros!.









SACARSE LA LOTERÍA PARA BIEN O PARA MAL



Hay frases, dichos y canciones que reflejan la filosofía popular, que encierran mucho de verdad y que se aplican en muchos casos a la vida real.

Así un dicho muy conocido dice que “de músico, poeta y loco todos tenemos un poco” y al menos en mi caso, creo que esa frase me va bastante bien.

También hay canciones que parecen retratar el comportamiento del hombre común latinoamericano, como las escritas por el gran compositor de más de setecientos corridos, el mexicano Víctor Cordero Aurrecoeche que nació en mil novecientos catorce. Él fue el autor de canciones como: “El ojo de vidrio”, “Gabino Barrera”, “El pata rajada” y  “La mula bronca”,  tan escuchadas en nuestro medio ranchero especialmente del campo.

Pero la canción de Don Víctor Cordero que para mí, es una verdadera página de filosofía popular, pues describe a la perfección al macho latinoamericano, es la de “Juan Charrasquiado”. En ella,  retrata al “hombre-hombre” latinoamericano, que además de ser borracho, era también parrandero y jugador. Y de estas características, muchos hombres tenemos bastante o poco,  pero muy pocos son los que no tienen nada.

En esta ocasión no es mi propósito referirme a los borrachos y parranderos, sino hacer mención de los jugadores, como aquellos que hasta mediados del siglo pasado, perseguía la guardia en los cantones de El Salvador mientras jugaban chivo y que hoy abundan en los casinos de las ciudades, pero que son considerados “gente decente”.

Y es que los juegos de azar tienen esa magia de crear ilusiones y esperanzas de que al rato uno se pueda sacar un buen premio. Aunque haya muchos que se pasaron toda una vida jugando y nunca se sacaron nada.

Motivado por saber qué hicieron algunos afortunados que se sacaron un buen premio jugando a la lotería, entrevisté esta semana, a algunos billeteros.

Mi pregunta al primero fue: ¿Y Usted vendió alguna vez el premio mayor?.

Sí, me dijo el entrevistado. Fue hace mucho tiempo y el numerito no se me olvida, fue el 22335. Y mi segunda pregunta fue: ¿Pero le dieron alguna recompensa? Eso fue lo peor, me contestó, que nunca supe quién fue el premiado, pues lo vendí distribuido en pedacitos.

Otro billetero me contó que vendió el número premiado cuando faltaba un día para el sorteo; que ya era el último billete que le quedaba y de paso lo dio fiado, pues el comprador no tenía el dinero en el momento. Qué tonto fui, se expresó, por qué no lo dejé para mí y ahora sería un hombre rico. Pero al menos, me dijo, el ganador me dio algo de comisión.

Un tercero fue más espontáneo a la pregunta, y me contó que vendió el número terminado en 2 a una empleada de un organismo internacional del que omito el nombre y que aquella persona le dio su buena comisión. Desde entonces, él juega al número dos.

En los casos descritos, según me comentaron los billeteros, las personas que ganaron el premio, hicieron buen uso del dinero obtenido.

Pero no sucedió lo mismo con lo narrado por otra vendedora que me dijo que acababa de cumplir sesenta y ocho años y que vende billetes desde jovencita, en San Salvador.

Ah, me dijo, sacarse la lotería puede ser una bendición, pero también puede ser un mal para alguien que pierde la cabeza con el dinero que ha ganado.

Ese fue el caso de Ariel Mendoza, prosiguió, que cuando se sacó el premio mayor, comenzó a chupar y a fregar con los amigos. Y como sentía que tenía mucho dinero, se logró casar con una muchacha muy bonita que lo llevó a la perdición. Ella lo convenció de que compraran casa en La Escalón, carro nuevo y otros lujos. Al poco tiempo, aquel hombre, se gastó el dinero y quedó pobre. Entonces la mujer lo dejó y él se quedó en la miseria.

También yo le vendí el premio a Juan Espinoza, me dijo. Ese fue otro gran loco, que se gastó el dinero en malos pasos con amigos, se compró una moto y  terminó sus días cuando manejaba la moto y chocó con  otro vehículo.

Sin embargo, me dijo, estos dos últimos, sí me dieron mi recompensa por la venta del billete premiado.

La billetera, espontáneamente me terminó diciendo: si yo me sacara la lotería, le pusiera una enfermera a mi madre que se encuentra postrada y le ayudaría a mi familia, especialmente a mis hermanas que pasan tantas necesidades.

De los casos descritos, concluyo con los billeteros que sacarse el premio mayor de la  lotería puede ser para bien en el caso de la persona que lo invierte en buena forma, pero también puede ser para mal y la perdición, si no se usa bien la cabeza al disponer de pronto de tanto dinero.

Y Usted ¿qué opina?, ¿considera que vale la pena gastar unos dólares en la compra de unos vigésimos o es de aquellos que piensan que es mejor no malgastar el dinero en ese tipo de juegos?







SIEMPRE HAY UN ÁNGEL JUNTO A NOSOTROS



A mediados del año dos mil doce, escribí una página en este mismo blog con el título: ¿Existen lo ángeles? (Ver     http://ramirovelasco.blogspot.com/2012/06/otro-junio-en-el-salvador.html ).
Ahora me refiero a esos ángeles buenos de carne y hueso que aparecen a lo largo de nuestras vidas y que no siempre valoramos como se debe.

En nuestra cultura y en nuestro ambiente  de país en desarrollo ¿Quién no ha tenido una abuela, una tía, una hermana o un ser querido que ha complementado el papel de una madre o un padre con acciones de entrega y de apoyo desinteresado para ayudarnos a salir adelante, mientras crecíamos y nos formábamos durante la niñez o la adolescencia?.

En los años de estudio, ¿quién no tuvo un maestro o una maestra que fue particularmente especial y que puso su esfuerzo en alguien del grupo de estudiantes, convencido de que aquel  o aquella joven podía destacar en la vida y que valía la pena ser apoyada?.

En el mundo del trabajo, ¿Quién no tuvo la asistencia de un familiar o de un amigo para ayudarle hasta conseguir el primer empleo? o ¿quién no ha tenido un jefe o un patrón que se esmeró de manera particular y que apostó por su desarrollo profesional o personal frente al resto de empleados o trabajadores?.

Y en la vida de personas adultas, ¿Qué hubiera pasado sin aquel amigo o amiga que ha sido a veces más que un hermano y hermana y que ha estado presto para ayudarnos desinteresadamente en esos momentos de zozobra, de dificultad económica o de una desgracia?.

En cada una de las situaciones arriba descritas siempre apareció alguien, a veces de la familia o a veces un tanto más lejano, para brindarnos su ayuda y su apoyo real cuando más lo necesitábamos.

En mi caso podría enumerar a muchas personas que aparecieron de pronto en mi vida para ayudarme a crecer o a salir adelante. Pero sólo haré mención de una: mi Tía Fide, que aun cuando yo  tenía mis padres naturales, ella fue  mi segunda madre. Ella me cuidó de niño como su hijo y me dio todo su amor y lo que necesitaba de joven adolescente hasta el día de su temprana muerte a los cincuenta y ocho años de edad.

Pero como seres humanos proclives a la ingratitud,  cómo nos olvidamos a veces de quienes en un momento dado, hicieron tanto por nosotros.

Conozco a personas que recibieron mucho cuando más  lo necesitaban, de una persona que no era su padre o su madre y que con el tiempo se olvidaron de ella o peor, que con sus actos parecían despreciar todo el apoyo que recibieron.

A veces podría bastar una visita, una llamada por teléfono o una tarjeta aprovechando una fecha especial para simplemente decirle a aquella persona: gracias por lo mucho que hizo por mí.

Con tantas personas de bien que hicieron todo por sacarnos adelante, que apoyan desinteresadamente y que se entregan para ayudarle a alguien, para qué necesitamos espíritus celestes, si ellas son verdaderos ángeles que el cielo ha puesto en nuestro camino.