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Soy profesor universitario. Trabajo por el desarrollo de Cabañas, un departamento de El Salvador, muy bello, pero también donde hay mucha pobreza, especialmente en lo educativo y cultural. Soy planificador educativo y trabajé por muchos años como director y coordinador de proyectos sociales. Me considero una persona con una visión amplia que trata de valorar lo positivo de cada quien.

viernes, 21 de septiembre de 2012

OTRO SEPTIEMBRE MÁGICO EN EL SALVADOR





JOCOTES DE INVIERNO EN NUESTROS CAMPOS
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LOS ABUELOS(AS)  DE HOY Y DE SIEMPRE

Hasta los años cincuenta del siglo pasado, los campesinos salvadoreños de algunas regiones llamaban todavía al abuelo “tatita” y a la abuela “nanita”. Aquellos vocablos eran herencia de nuestros indígenas nahuas quienes llamaban al padre tatah ó tatli y  tatahtli (padre de otra persona) y a la madre nantli ó nanan y nanantli (la madre de otra persona).
Los indígenas guatemaltecos utilizan hoy día el término  tatita para designar al padre, al jefe de familia y a las personas respetables.
Sin embargo, la palabra nanita, además de aplicarse a las abuelas, en algunas partes de México se usa para referirse a las brujas, como mujeres con poderes sobrenaturales.
En mi caso, siempre escuché a mis hermanos mayores llamar a mis abuelos maternos, Papa Sotero y Mamá Lipa (Felipa). Pero en cuanto a mis abuelos paternos, les escuché llamarlos como tatita y nanita, siguiendo aquella costumbre indígena ancestral.
Hace varios años, decir abuelo era hacer referencia a una persona muy mayor, de pelo blanco y “con olor a ciprés” es decir, casi listo para llevarlo al cementerio. Eso se debía en buena parte a que la esperanza de vida era muy baja, debido a la limitada prevención de las enfermedades y a la falta de atención médica.
Ahora  muchos abuelos y abuelas se ven relativamente jóvenes y saludables. Al menos los de mi generación, son en su mayoría personas tan dinámicas y con mucha energía que hasta resulta un poco chocante llamarles abuelos, que en nuestro ambiente suena a personas viejas.
En El Salvador, hoy día, los padres muy pronto se convierten en abuelos. Este fenómeno se debe por una parte, al elevado número de muchachas adolescentes  que pronto se convierten en madres, algo que lejos de disminuir parece ir en aumento. Por su puesto, que los nacimientos de las adolescentes que se convierten en madres solteras, ponen al descubierto también, a un elevado número de jóvenes hombres que engruesan las filas de los padres irresponsables que traen hijos al mundo y que consideran que su crianza será responsabilidad de los abuelos.
En la actualidad, ser abuela y abuelo es algo muy importante en El Salvador. Pues a muchos de ellos, les  toca tomar la responsabilidad de criar a los hijos de aquellos hombres y mujeres relativamente jóvenes,  que engrosan el número de emigrantes ilegales  que se han marchado a los Estados Unidos y a otros países, en busca de mejores oportunidades de trabajo.
No sería remoto pensar que tres de cada diez niños salvadoreños, viven bajo el cuidado de la abuela o de los abuelos. Lo que definitivamente incide en los comportamientos de niños y jóvenes de hoy y explica en buena medida, los niveles de delincuencia juvenil.
Existe la apreciación por otra parte, de que los abuelos son más cariñosos con los nietos que los propios padres y además son muy consentidores.
Sería interesante investigar cual es el trato de los abuelos con responsabilidad directa con los nietos, según categorías sociales. Yo considero que los abuelos de los hogares muy pobres, donde todo falta, probablemente son más permisivos para que los nietos salgan a la calle a rebuscarse, ya sea pidiendo o haciendo cualquier cosa para ganarse la vida. Pero estoy seguro, que a pesar de tales condiciones, son los únicos tal vez que les brindan cariño y comprensión a esos niños y jóvenes casi desamparados.
De los abuelos de clase media, que seguramente son los que más conozco, puedo decir, que son excesivamente cariñosos, consentidores y  juguetones con sus nietos. Y como buenos padres que fueron, también saben echar una mano cuando es necesario. Así, llevan a los pequeños al colegio o los reciben en su casa, mientras sus padres regresan del trabajo. Los llevan a dar un paseo al parque o a un lugar donde la pasen bien. De esa manera, reviven su paternidad en una forma creativa y comparten con los hijos de sus hijos lo mejor de los años que les quedan.
No estaría fuera de lugar que las autoridades legislativas decretasen el “día de la maternidad y paternidad adultas” dedicado a los abuelos y abuelas como un reconocimiento a la labor que estas personas hacen con sus hijos, con sus nietos y con la sociedad.






CUANDO TÚ NO ESTÁS

Cuando tú no estás
me acompaña con su luz
el lucero de la mañana,
y la brisa del mar
que choca contra la montaña.

Cuando tú no estás
me despiertan  con su embrujo
los primeros rayos de sol
que irrumpen entre los árboles
para alumbrar mi ventana.

Cuando tú no estás
me acompañan con sus burletas
las osadas guacalchías,
y el cercano bullicio
de los clarineros y de las urracas.

Cuando tú no estás
siento más cercano
el arrullo de las palomas
y el  zumbido de las abejas
que vuelan sobre las rosas.

Cuando tú no estás
cae más pronto la tarde
y las gotas de lluvia
golpean con más fuerza
sobre el techo de la cabaña.

Cuando tú no estás
me acompaña la música
del viento entre las hojas,
y el recuerdo en penumbra
de otros tiempos mejores.

Cuando tú no estás
las noches son más oscuras
y sólo queda la esperanza
de que volverás de nuevo,
cuando amanezca el día.

Ramiro Velasco, septiembre 2012










EL TÍO  FÉLIX

Félix Barrera nació en el Cantón San Marcos, Sensuntepeque,  a finales del decenio de 1890.
Era un hombre bastante corpulento, blanco y con una nariz muy pronunciada.
De joven se dedicó  principalmente al comercio de ganado vacuno y caballar. Sus correrías semanales de negocio comprendían varios pueblos y cantones de Honduras, donde compraba los animales para llevarlos al tiangue de Sensuntepeque los días miércoles y jueves.
Mi madre me contaba que siendo de las más pequeñas de la familia, ella y Fidelina, siempre recibían un regalito de Félix cuando había vendido el ganado.
Llegada cierta edad, Félix se radicó en Sensuntepeque donde pidió la mano de Laura Martínez, aquella mujer blanca muy bonita, de ojos claros. Con ella contrajo matrimonio y establecieron su hogar en una de las esquinas más estratégicas del centro de Sensuntepeque, donde funcionó una de las tiendas más importantes de aquel pueblo apacible, durante los años 1940 a 1970.
Por esas cosas de la vida, estuvimos de pupilos con mi hermano, en aquella casa tan amplia en nuestro primer año de kínder, cuando teníamos cinco años.
Por ser tan pequeño no recuerdo muchos detalles del Tío, en aquella época. Apenas vienen a mi mente algunos pequeños episodios de nuestra estancia, como los siguientes: En la casa sólo vivían el Tío, Doña Laura y su hija Antonia a quien llamábamos Toñita. Nuestro cuarto se ubicaba junto al patio interior, contrario a las demás habitaciones que además de conectar con el patio, tenían salida hacia el portal frente al parque. La tienda estaba en la propia esquina con vista hacia el parque y el zaguán se encontraba situado en la primera calle oriente.
Un hecho que no olvido, era nuestra costumbre con mi hermanito de arrojar por las noches, hojas de periódico encendidas al interior del hueco formado por el excusado de fosa. Sin advertir el peligro que pudiera haberse causado un incendio, debido a los gases que tales sitios emanan.
Otro fenómeno, eran los ruidos en el techo y en el patio que escuchábamos ya acostados por la noche y que nosotros atribuíamos a los espantos nocturnos. Aquel temor y el frío en toda época del año, nos presionaba a dormirnos lo más rápido posible.
Los días jueves y domingo, eran de intensa venta en la tienda, por lo que nosotros debíamos permanecer en el patio y en los corredores internos. Era entonces cuando aprovechábamos para jugar con nuestra prima Toñita. Ella con nuestra ayuda, preparaba diversos platos de comida que preparaba en una improvisada cocina de leña; hacía refrescos y hasta tortillas con la masa del perico y nos los vendía a cambio de billetes hechos con hojas de las plantas.
Sin embargo, casi para terminar el año escolar, fuimos víctimas del paludismo y pasamos algunos días con mucha fiebre. Sólo recuerdo que yo gritaba desaforadamente cuando el Dr. Bonilla que era amigo de la familia, me ponía las inyecciones. Ya pasado el peligro, nuestro padre nos llevó a mi hermano y a mí de regreso al Cantón, en espera de que cumpliéramos los siete años para comenzar el primer grado en Sensuntepeque.
El Tío Félix tenía su propio negocio en aquella casa. El vendía zacate verde, en aquellos tiempos en que los caballos eran el medio de transporte mayormente utilizado por los campesinos. Su sala de venta era parte del amplio portal frente al parque. Cada manojo de zacate costaba quince centavos de colón. También vendía leña que la tenía depositada en el zaguán y al que se dirigía cuando había que despachar a un cliente.
El Tío parecía enojado cuando hablaba con la gente, algo que era propio de los hermanos Barrera; pero eso se debía a su corpulencia y a su tono de voz muy grave y algo golpeado, propio de la gente de aquella zona.
Por lo demás, era una persona muy amena en su conversación y le gustaba contar muchas pasadas.
Recuerdo que para el Centenario de la ciudad de Sensuntepeque, en enero de 1965, llegamos un grupo de compañeros de estudio de Santa Ana a saludarlo.  Después de ofrecernos algo de tomar, nos contó que a él le había tocado pelear en la guerra con Honduras en los primeros años del 1900. En su narrativa, nos contó detalles como los siguientes: “Que llegaron las tropas de apoyo de los cuarteles de San Salvador, de Cojutepeque y de San Vicente, para unirse al de Sensuntepeque y a él le tocó enrolarse. Pasando el Río Lempa, se adentraron en territorio hondureño y las batallas fueron sangrientas. Pero su pelotón salió adelante y después de vencer en los pueblos cercanos, tuvieron que enfrentarse en la batalla más cruenta que se libró cerca de Santa Rosa.
El ejército salvadoreño estaba diezmado, pues no tenían suficiente comida, ni habían recibido los pertrechos necesarios. Pero ellos, mantenían su moral en alto.  En un momento determinado, de su grupo quedaban muy pocos soldados y él tomó el mando. Con su fusil hacía destrozos.  Por último, sólo quedaron diez soldados salvadoreños que habían acorralado al grupo hondureño. Fue entonces cuando él tiró la bomba decisiva sobre aquel batallón enemigo. Y en ese momento, narraba: “cuando creímos estar cerca de la victoria, me desperté de aquel sueño tremendo que acababa de tener”.
Mis compañeros y yo, que estábamos casi tensos por la narración, no tuvimos más que reír a carcajadas y valorar su inventiva y gracia para contarnos aquel interesante cuento.
Sólo tuve un llamado de atención del Tío que aún recuerdo. Sucedió en ocasión del novenario de la muerte de mi Tía Fedelina (1968). Yo era seminarista mayor y ayudaba en la Iglesia de Santa Bárbara en una misa que celebraba el Padre Napoleón Macías que era mi amigo y me trataba con gran aprecio. Yo le pedí al sacerdote que al momento de los avisos, invitara a los feligreses a la misa de nueve días de la tía. En aquel momento, el Padre, se olvidó de mencionar a la familia Barrera de la que era parte nuestra tía materna y dijo que invitaba la familia Velasco, es decir la familia de mi padre. Al salir de la Iglesia recibí un fuerte regaño del Tío, porque el Padre había omitido mencionar a la familia Barrera. El sinsabor de aquel regaño injusto, me acompañó por algún tiempo.
En junio de 1984,  murió el Tío Félix a una edad bastante avanzada. Tuve la oportunidad de ayudar a colocar su cadáver en el ataúd y de acompañar a la familia en la vela y el funeral.
En Sensuntepeque, había muerto uno de los hombres más conocidos y respetados por su laboriosidad, sencillez y cariño por el pueblo de Sensuntepeque.









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